Alguien describió este quijotesco disco como el de una banda de marchas en un viaje de ácido. La verdad es que esta pequeña joya es el producto del talento disparatado de Jeff Mangum, personaje genial y desmesurado. Construidas sobre una acústica torrencial y unas trompetas apocalípticas, en sus canciones confluyen unas letras crípticas con unas melodías impúdicamente redondas y accesibles que parecen sacadas de un tesoro escondido de los Apalaches, pero lo más embriagador es el fervor casi religioso con que las grita. Mangum pasa del entusiasmo a la ansiedad y de la angustia al éxtasis con una entrega inaudita, como un Bob Dylan sin autoconciencia o como quien tiene una misión. Y no hay más opción que creerle.
texto_ enrique novi














