Desde Portland, Oregon, este barbudo inadaptado (hay que serlo para hacerse llamar de este modo) lleva diez años creando canciones a partir del sonido rudimentario de su viejo teclado Casiotone. Entre la militancia lo-fi y unas letras a veces evasivas y a veces atormentadas en la línea de Stephin Merritt, Owen Ashworth ha construido una obra que ha atrapado a las almas desoladas que se encierran en su habitación en las frías noches de invierno. Así se explica su prolífica actividad. Apenas hace un mes que publicó su anterior álbum, un recopilatorio de singles y canciones desperdigadas, cuando aparece este con material nuevo. Debe acumular tardes ociosas.
texto_ enrique novi














