Reducir la vastísima filmografía, alambicado río rebosante de afluyentes y recovecos en no pocos países, a la importancia de un solo título sería una impertinencia, una insensatez digna de toda reprobación. Pero lo que sí se antoja a todas luces innegable para todo cronista es el punto de inflexión en su carrera que marcó un director, David Lean, y una película, Lawrence de Arabia, primera de sus dos colaboraciones con el cineasta británico.
Pero, ¿quién era aquel actor de rostro tremendamente atractivo? ¿En qué arenas del desierto estaba escondido hasta ese momento un intérprete tan arrebatadoramente seductor?
Michel Dimitri Shalhoub, pues así es su nombre verdadero, nació en Alejandría en 1932. De origen libanés, educación cristiana y familia con buena posición económica, el joven Michel destacó en los estudios, licenciándose en Matemáticas y Física por la Universidad de El Cairo. Pero tras trabajar durante un tiempo en el negocio familiar, una fábrica maderera, se decide a probar suerte en el cine. Dotado de un físico único, a los 22 años se convierte en todo un galán gracias a su papel protagonista en Siraa Fil-Wadi (The Blazing Sun en el mercado internacional), dirigida por Youssef Chahine, un drama épico teñido de romance que muchos consideran una de las mejores películas egipcias de la época y en la que conoce a la que será su esposa, Faten Hamama, sólo un año más joven pero ya toda una estrella en su país, con el peso de casi 50 filmes sobre sus hombros pese a su juventud. Pareja dentro -Ayyamine El Helwa, Siraa Fil-Mina, Ard El Salam…- y fuera de la pantalla en los años sucesivos, Sharif y Hamama se convierten en todo un fenómeno en su Egipto natal, pero será Omar quien dé el salto internacional. Primero, con sus coqueteos con el cine francés, como La chatelaine du Liban o Goha, en cuyo reparto despuntaba otra actriz de rasgos árabes y belleza simpar, una jovencísima Claudia Cardinale. Y tan sólo un poco más tarde, con la aparición repentina, cual oasis, de la figura de David Lean… pero no crean que todo fue llegar y beber el santo.
Lean era un realizador popular y excelentemente considerado en Inglaterra a raíz de sus adaptaciones de Dickens (Oliver Twist, Grandes esperanzas) que justo antes de embarcarse en Lawrence de Arabia había conseguido un enorme éxito internacional con El puente sobre el río Kwai. Acostumbrado gracias a ese filme a mezclar nacionalidades con soltura en su elenco, Lean sabía que un norteamericano no era el actor adecuado para un rol tan exótico como el del jefe tribal Sherif Ali. Debía encontrar un rostro lo suficientemente desconocido para ganarse la confianza del espectador, o bien recurrir en última instancia a uno de los camaleónicos caballeros británicos de la interpretación. Su primera elección fue el alemán Horst Buchholz, pero éste declinó la oferta para rodar con Billy Wilder la comedia Uno, dos, tres. El segundo candidato, nada menos que Alain Delon, se vio obligado a abandonar tras sufrir problemas con las lentillas de color marrón que exigía la caracterización. Y Maurice Ronet, su última apuesta, fue descartado finalmente por su marcado acento francés y unas desastrosas pruebas de vestuario. Al pobre Ronet no debió sentarle nada bien, años después, los comentarios de Lean sobre aquel casting: “Se vino a mí caminado como un travesti”.

Fue el propio Lean quien conoció a Sharif gracias a una revista del corazón egipcia y preguntó directamente por él. Con su tez morena, su pelo negro, esa masculinidad adherida en cada poro de la piel y su mirada penetrante, Sharif no tardó con hacerse con el papel. Eso sí, tuvo que aguantar las bromas del siempre burlón Peter O’Toole, su compañero en el filme, que le llamó Fred durante todo el rodaje argumentando que “no hay nadie en el mundo que pueda llamarse Omar Sharif, así que tu nombre debe ser Fred”. Qué equivocado estaba, pues muy pronto el mundo entero se aprendería ese extraño nombre al pie de la letra, de la O a la F.
Y es que el éxito brutal de Lawrence de Arabia, Globo de Oro y nominación al Oscar al Mejor Actor Secundario incluidos, hizo de Omar Sharif toda una estrella. El esfuerzo –“Estuve dos años trabajando en el filme, sin cuarto de baños ¡y sin mujeres! Fue como el servicio militar”, declaró en una ocasión- había merecido sin duda la pena. A partir de ahí, Sharif se convirtió en presencia habitual en superproducciones y proyectos cada cual más mastodóntico –La caída del Imperio Romano, Las aventuras de Marco Polo, Genghis Khan…y sobre todo, Doctor Zhivago, su siguiente filme con Lean y otro éxito de proporciones bíblicas- y vivió múltiples romances tanto dentro como fuera de la pantalla. El más sonado, quizás, con Barbra Streisand, con quien compartió cartel en Funny Girl y Funny Lady, pero también tuvo tiempo de seducir, entre otras, a Sophia Loren, en C’era una volta…, ahí es nada. Con fama de mujeriego, el actor también ha gustado de cultivar el mito. “Las feministas agresivas me asustan”, ha llegado a confesar no sin poca sorna.
Con una trayectoria tan amplia como sorprendente, donde abundan los roles con coartada histórica –Mayerling, El último valle o Che, el biopic perpetrado por Richard Fleischer sobre el revolucionario cubano y que le trae a Granada este junio-, papeles de lo más variopinto en sabrosones europuddings –Ashanti, Las flores del diablo, La isla misteriosa- y hasta momentos hilarantes en títulos singulares –su cameo en La Pantera Rosa contraataca, o su breve intervención en Top Secret- el veterano Sharif continua en activo sin desmerecer un ápice o un momento ese éxito que le llegó un día de las arenas. Basta fijarse en El sr. Ibrahim y las flores del Corán, intimista historia que se ganó el corazón del público hace unos años y que reactivó el interés por un actor enamorado de E.T. (“Si tuviera que elegir la mejor película de la historia objetivamente, elegiría Ciudado Kane”, declaró en una entrevista, “pero me encanta la de Spielberg”) y que hizo del bridge casi su segundo oficio. “Prefiero jugar al bridge que hacer una mala película”, confesó en otra ocasión. Mirando atrás, debemos agradecerle que no se haya sentado tanto en la mesa y haya preferido el noble juego de la interpretación.
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